Estuvimos viviendo en paz y armonía durante décadas. Se decía que nos habían atacado alguna vez, pero como toda historia que se aleja del presente pasa inexorablemente a ser parte del mito de la comunidad.


Alguien dirá que debimos haberlo previsto, pero ¿era factible? ¿podríamos haber hecho algo frente a la rapidez y brutalidad con la que ocurrieron los hechos? sinceramente, lo dudo.

El quehacer de nuestro pueblo me parece irrelevante mencionarlo, no obstante quisiera resaltar que mi gente, y cuando hablo de “mi gente”, es porque soy un representante real de ellos, siempre se ha caracterizado por su tranquila manera de vivir, sin buscar jamás la violencia ni alterar de forma alguna la convivencia con los demás.

Sin embargo, parece ser que eso ni siquiera fue considerado por nuestros atacantes, creo que fuimos víctimas de un sinsentido brutal, de una fuerza que nos quiso eliminar sólo porque tiene la capacidad de hacerlo, de pisotear a un pueblo entero sin razón aparente. A veces quisiera pensar que había algo en nosotros que constituía un peligro para nuestros agresores, pero no, no hay justificación alguna.

Ver como se desintegran familias en cosa de segundos ha sido lo más desgarrador que he visto en mi vida. Maldigo, a la vez que agradezco, que todos mis seres queridos están bien, sólo porque la ubicación de nuestro hogar estaba lejos del ataque. Tratamos de ayudar a todos los que pudimos, lo juro. Juro que todos y cada uno de los integrantes de mi familia lucharon por rescatar a la mayor cantidad de vecinos de nuestro pueblo, pero la tarea resultó caótica y a la vez, imposible.

Los caminos que fueron creados durante años por quienes transitamos a diario se vieron de un momento a otro inundados, junto con el derrumbe de cientos, sino miles de hogares. No puedo quitarme la imagen de un niño luchando contra la corriente mientras sus padres corrían tras él, desesperados.

Aún no podemos hallarlo. A él o lo que quede de su cuerpo.

Aún no terminamos el catastro de los daños, pero calculo que hemos perdido más del cuarenta por ciento de la población y no tendremos ayuda de nadie. Nos hemos levantado con una rapidez que me enorgullece: necesitamos comida y un lugar para guarecernos de la noche, sobre todo en esta parte del año, pero ambas cosas escasean, y lo único que abunda es la tristeza.

He pensado en la venganza, pero la única respuesta que me viene de vuelta es la impotencia. El saberme incapaz de proteger a quienes amo me sume en una desolación tan grande que sólo es superada por la imagen de nuestro pueblo en ruinas.

Ese día (y como raras veces lo hacía) me dediqué a oírlos; estuvieron desde la mañana celebrando un ritual que a medida que pasaban las horas hacía que el actuar de todos los Gigantes fuese más y más extraño. A medida que la intensidad del sol fue disminuyendo la cantidad de voces fue también bajando, hasta que el silencio engañoso me hizo bajar la guardia.

Poco después, y cuando el día comenzaba a desaparecer, la silueta de uno de los gigantes eclipsó bruscamente los débiles rayos de sol que anaranjaban la tierra. El Hombre, tambaleándose, levantó con torpeza un enorme artículo rectangular de color azul, el que vació sin piedad sobre El Hormiguero. El estruendo de las rocas transparentes que caían fue tan terrible que el grito al unísono de las hormigas espantó al gorrión que buscaba semillas entre el pasto.

En cosa de minutos las rocas transparentes se volvieron agua gélida, provocando el caos, el derrumbe y la estampida de la colonia.

Muchas de ellas seguimos entumecidas, a muchas otras no las volveremos a ver jamás.