Eran pasadas las seis de la tarde y las tías del Kinder se apuraban en ubicarnos en nuestras posiciones para comenzar la obra que habíamos ensayado las últimas dos semanas.

Mi papel era el de un soldado sin diálogos, cuyo rol se limitaba a ser ejecutado junto a un grupo de otros soldados al final del tercer acto, es decir, más de la mitad de la obra debía estar parado sin hacer nada. Read more